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¿Qué es y para qué sirve la evaluación en el sector cultura?

Dentro del ecosistema que compone la gestión cultural, donde habitan todo tipo de sensibilidades y puntos de vista, se hace necesario consensuar criterios y plantear esquemas que permitan materializar el valor que genera un proyecto cultural. Es frecuente encontrar escepticismos y susceptibilidades, basados en una inercia economicista que ha tergiversado el relato del impacto cultural. Este consenso de criterios se debe realizar para poner en valor el poder transformador del proyecto y conseguir información en tiempo real para mejorar, entre otros elementos, la estrategia interna. Para alcanzar este fin y tratar de argumentar tanto la propia existencia del proyecto como la evolución de su actividad, desde este apartado se propone una metodología con la que evaluar (y autoevaluar) un proyecto poniendo números a las intituiciones.


Partimos de una hipótesis tan prosaica como real: la cultura nos hace mejores personas, y la inversión en la misma conlleva que el bienestar ciudadano aumente en todas sus dimensiones.


Un proyecto cultural genera un efecto en la sociedad, consecuencia indirecta de su acción, y un impacto que no es controlable por él mismo. Se pasa del impacto organizacional (lo que depende de nosotros y nosotras) al impacto social (ajeno a nuestro control), representado este último en varios elementos: despertar el interés de la ciudadanía, su pensamiento crítico, curiosidad, etc. Por último, se ubica el impacto económico, que se encadena con los anteriores.



Evaluación o Impacto


La evaluación se nutre de información y datos, lo cual tiene valor si contribuye a reducir la incertidumbre del futuro. El problema reside en distinguir lo que es o no información: lo que para unos agentes puede serla, para otros, con intereses distintos, puede ser ruido.


Los datos reflejan la estructura que nos encontramos alrededor. Estos son útiles y apropiados porque dirigen nuestra atención hacia esa estructura, lejos de todos los detalles que tienen menos importancia. Se aplica, por tanto, el método cuantitativo para firmar un acuerdo tácito entre la estructura de las (simples) matemáticas y la realidad.


La medición —o establecer unas métricas— se vincula directamente al economicismo; en cambio, la evaluación responde de una manera orgánica al autoanálisis.


Así, sabiendo que el consumo, o la participación cultural, no tiene que ser necesariamente el fin, sino el principio de algo, la evaluación puede servir para conocerlo. Desde un punto de vista operativo, esta sirve para:


- Estrategia interna, o corregir desviaciones. Es decir, conocer a tiempo real la transformación del efecto que genera el proyecto y reflexionar sobre su objetivo, si este se está cumpliendo y qué acciones deben realizarse en el proceso para conseguirlo. Es importante comparar la brecha existente entre lo que teníamos previsto alcanzar al comienzo del proceso y lo que está realmente sucediendo.


- Negociación con terceros. Dicho de otra manera, este aspecto sirve para atraer socios/as o colaboradores al proyecto; estos pueden aportar fondos económicos o que nos sirvan de apoyo (mediático u otros).


- Comunicar o justificar. O lo que es lo mismo, resaltar el valor que provoca en la sociedad nuestro trabajo y comunicarlo eficientemente. Este proceso lo podemos llamar "del dato al relato"; tras poner números a las intuiciones, transmitir el impacto, tanto el tangible como el intangible, para rendir cuentas y trasladar el mensaje a la propia ciudadanía.